Nos remontamos al 25 de julio de 1910. Gattefossé era un ingeniero químico que trabajaba en la empresa familiar investigando y desarrollando productos para perfumería como químico perfumista. En su actividad cultivaba lavanda verdadera en la Provenza (Francia), sin sospechar que esta planta de perfume sublime iba literalmente a salvarle la piel.

Y es que un día se produjo una explosión en su laboratorio y sufrió graves quemaduras en ambos brazos y en la cabeza. Por desgracia, los cuidados médicos que recibió entonces no daban resultado.

Estaba afectado por una gangrena de tipo gaseosa, que es una manifestación potencialmente mortal y de rápida propagación, causada por una infección bacteriana que genera toxinas que a su vez liberan gas, lo que lleva a la muerte del tejido (esta enfermedad provocaba en las guerras multitud de amputaciones). Su estado no hacía más que empeorar.

Gattefossé creía profundamente en la ciencia y el progreso, pero también en las tradiciones milenarias, y se acordó entonces de los remedios tradicionales a base de aceite esencial de lavanda, cuya aplicación aliviaba las quemaduras. Recurrió a una solución de este tipo y la aplicó directamente sobre la piel infectada.

El resultado fue asombroso: no sólo los dolores se aliviaron al instante, sino que de forma muy rápida se produjo una cicatrización completa.

René-Maurice Gattefossé se dedicó entonces a estudiar las propiedades antibacterianas de los aceites esenciales y es a él a quien se debe la palabra “aromaterapia”, que utilizó por primera vez en 1937 en su obra “Aromaterapia: aceites esenciales, hormonas vegetales”.

Así que, cuando me preguntan si los aceites esenciales funcionan, pienso que quien mejor hubiera podido responderlo sería el propio Gattefossé, quien mostraría sus brazos curados para dar buena fe de ello.

 

Por qué son tan eficaces

El aceite esencial es el extracto vegetal más potente. Es la propia esencia de la planta.

Los aceites esenciales no están presentes en todas las plantas, sólo en las llamadas “aromáticas” (de ahí el nombre de “aromaterapia” que utilizó Gattefossé, que es el uso de los aceites esenciales con fines terapéuticos).

La mayoría de los aceites esenciales se obtienen por destilación, aplicando vapor de agua sobre la planta, a través de un proceso potente y a la vez delicado del que se extrae una sustancia de extraordinaria riqueza en distintas moléculas bioquímicas (contiene más de cien moléculas en el aceite esencial de una sola planta).

Esa es una de las diferencias entre un medicamento químico (que sólo tiene una molécula, que es la que actúa sobre el organismo) y un aceite esencial (que tiene decenas de ellas, y que es lo que explica sus muchas propiedades).

Así, algunas de sus moléculas matan bacterias, otras virus, otras estimulan los intercambios neuronales en el cerebro, otras tienen efecto antiinflamatorio, o antialérgico, o analgésico, o estimulante… ¡todo en una única gota de un mismo aceite! Y con contundencia y a la vez con suavidad.

¡Nada de matar moscas a cañonazos como hacen los fármacos!

Le aseguro que el día que uno empieza a utilizar aceites esenciales, automáticamente se pregunta “¿Por qué no lo hice antes?”.

Los aceites esenciales son sumamente eficaces, por lo que nos permiten curarnos deprisa y a la vez respetando al máximo nuestro organismo. La rapidez de su acción es realmente espectacular.

Para que se haga una idea, hay estudios que demuestran que el aceite esencial de menta piperita es tan eficaz como 1 g de paracetamol (que es una dosis alta) para los dolores de cabeza. Y sin uno solo de sus efectos secundarios.

Los aceites esenciales llevan siglos utilizándose, pero ahora están viviendo un auténtico renacer. Por fin, tras años de pleitesía a la medicina basada en los fármacos, se está volviendo de nuevo la mirada a lo que nos ofrece la naturaleza. Y la moderna investigación científica está confirmando sus propiedades.

 

Fuente: Tener Salud

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